Ciudad de Guatemala, abril de 1954
Vieja:
Como ves me fui al Petén. El hijo de puta del que debía contratarme me hizo esperar un mes, para después hacerme decir que no podía hacerlo […].
Yo ya le había presentado una lista de medicamentos, instrumental y todo lo demás y me había puesto un tanque, en el diagnóstico de las enfermedades tropicales más abundantes de la zona. Naturalmente que esto me sirve igual, máxime ahora que tengo oportunidad de trabajar en la compañía frutera en una zona bananera. Lo que no quiero dejar de hacer es de visitar las ruinas del Petén. Allá hay una ciudad, Tical, que es maravillosa, y otra, Piedras Negras, mucho menos importante pero en donde el arte de los mayas alcanzó un nivel extraordinario. En el museo de aquí hay un dintel que está todo escoñado, pero es una verdadera obra de arte en cualquier lugar del mundo.
A mis viejos amigos peruanos les faltaba la sensibilidad tropical, de modo que no podían hacer nada parecido, además de no tener la piedra calcárea tan fácil de trabajar que tienen los de esta zona.
[…] Yo cada vez más contento de haber salido. Mi cultura médica no se agiganta, y mientras voy asimilando otra serie de conocimientos que interesan mucho más que aquellos.
Tengo, eso sí, ganas de hacerles una visita. Pero no tengo idea cuándo ni cómo. Hablar de planes en mi situación es contarles un sueño hilvanado; de todas maneras si –condición expresa– consigo el puesto en la frutera, pienso dedicarme a levantar las deudas que tengo aquí, las que dejé allí, comprarme la máquina fotográfica, visitar el Petén y tomármelas olímpicamente para el norte, es decir México.
Me alegro que tengas tan elevada opinión de mí. De todas maneras es muy difícil que la antropología sea mi ocupación exclusiva de la madurez. Me parece un poco paradójico de hacer como «norte» de mi vida investigar lo que está muerto sin remedio. De dos cosas estoy seguro: la primera es que si llego a la etapa auténticamente creadora alrededor de los treinta y cinco años mi ocupación excluyente, o principal por lo menos, será la física nuclear, la genética o una materia así que reúna de lo más interesante de las materias conocidas, la segunda es que América será el teatro de mis aventuras con carácter mucho más importante que lo que hubiera creído; realmente creo haber llegado a comprenderla y me siento americano con un carácter distintivo de cualquier otro pueblo de la tierra. Naturalmente que visitaré el resto del mundo […].
De mi vida diaria poco te puedo contar que te interese. Por la mañana voy a sanidad y trabajo unas horas en el laboratorio, por las tardes voy a una biblioteca o museo a estudiar algo de acá, por las noches leo algo de medicina o de cualquier otra cosa, escribo alguna carta, en fin, tareas domésticas.
Tomo mate cuando hay y desarrollo unas interminables discusiones con la compañera Hilda Gadea, una muchacha aprista a quien yo con mi característica suavidad trato de convencerla de que largue ese partido de mierda. Tiene un corazón de platino lo menos. Su ayuda se siente en todos los actos de mi vida diaria (empezando por la pensión).
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Fuente: Centro de Estudios Che Guevara.
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