2019-10-28

Carta - A Celia de la Serna [Abril 1954]


Ciudad de Guatemala, abril de 1954

Vieja, la mi vieja:
  No creas que el encabezamiento es para contentar al viejo, hay indicios de que se mejora algo y las perspectivas no son tan desesperadas en cuanto al panorama económico. La tragedia pesística la cuento porque es la verdad y presumía que el viejo consideraba lo suficiente choma como para aguantar lo que caiga, ahora, si prefieren cuentos de hadas, hago algunos muy bonitos. En los días de silencio mi vida se desarrolló así: fui con una mochila y un portafolio, medio a pata, medio a dedo, medio (vergüenza) pagando, amparado por 10 dólares que el propio gobierno me había dado. Llegué al Salvador y la policía me secuestró algunos libros que traía de Guatemala pero pasé, conseguí la visa para entrar de nuevo a este país, y ahora correcta, y me largué a conocer unas ruinas de los pipiles que son una raza de los tlascaltecas que se largaron a conquistar el sur (el centro de ellos estaba en México) y aquí se quedaron hasta la venida de los españoles. No tienen nada que hacer con las construcciones mayas y menos con las incaicas. Después me fui a pasar unos días de playa mientras esperaba la resolución sobre mi visa que había pedido para ir a visitar unas ruinas hondureñas, que sí son espléndidas. Dormí en la bolsa que tengo, a orillas del mar, y aquí sí mi régimen no fue de lo más estricto, pero esa vida tan sana me mantuvo perfecto, salvo las ampollas del sol. Me hice amigo de algunos chochamu que como en toda Centroamérica caminan a alcohol, y aprovechando la extroversión del alcohol les mandé mi propagandita guatemaltequeante y recité algunos versitos de profundo color colorado. El resultado fue que aparecimos todos en la capacha, pero nos soltaron enseguida, previo consejo de un comandante con apariencia de gente, para que cantara a las rosas de la tarde y otras bellezas. Yo preferí hacerle un soneto al fumo. Los hondureños me negaron la visa por el solo hecho de tener residencia en Guatemala, aunque demás está decirte que tenía mi santa intención de otear una huelga que se ha desatado allí y que mantiene parada el 25% de la población total trabajadora, cifra alta en cualquier lado pero extraordinaria en un país donde no hay derecho a huelga y los sindicatos son clandestinos. La frutera está que brama y, por supuesto, Dulles y Cía quieren intervenir en Guatemala por el terrible delito de comprar armas donde se las vendieran, ya que estados Unidos no vende ni un cartucho desde hace mucho tiempo […].
Por supuesto, ni consideré la posibilidad de quedarme allí. De vuelta me largué por rutas medio abandonadas y con la cartera tecleando, porque aquí un dólar es poco más de un mango y con 20 no se hacen maravillas. Algún día caminé cerca de 50 kilómetros (serán mentiras pero es mucho) y después de muchos días caí al hospital de la frutera donde hay unas ruinas chicas pero muy bonitas. Aquí quedé totalmente convencido de lo que mi americanismo no quería convencerse: nuestros papis son asiáticos (contále al viejo que pronto van a exigir su patria potestad). Hay unas figuras en bajorrelieve que son de Buda en persona y, todas las características lo demuestran, perfectamente iguales a las de antiguas civilizaciones indostánicas. El lugar es precioso, tanto que hice contra mi estómago el crimen de Silvestre Bonard y me gasté un dólar y pico en comprar rollos y alquilarme una máquina. Después mendigué una morfada en el hospital, pero no pude llenar la joroba sino hasta la mitad de su contenido. Quedé sin plata para poder llegar por ferrocarriles a Guatemala, de modo que me tiré al Puerto Barrios y allí laburé en la descarga de toneles de alquitrán, ganando 2,63 por doce horas de laburo pesado como la gran siete, en un lugar donde hay mosquitos en picada en cantidades fabulosas. Quedé con las manos a la miseria y el lomo peor, pero te confieso que bastante contento. Trabajaba de seis de la tarde a seis de la mañana y dormía en una casa abandonada a orillas del mar. Después me tiré a Guatemala y aquí estoy con perspectivas mejores […].
[…] (la redacción no es estrafalarismo pensando, sino la consecuencia de cuatro cubanos que discuten al lado mío) […].
La próxima, más tranquilo, te mando nuevas si las hay… Un abrazo para todos.

______________________________________________________________________________
Fuente: Aquí va un soldado de América. Ernesto Guevara Lynch, Editorial Plaza y Janés, 2000.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario